ESTUDIO SOCIOCULTURAL MUNICIPIO DE MEZQUITAL, DGO.
SEMBLANZA MONOGRÁFICA MEZQUITAL, DGO.
Profr. José René García Nájera

2.- ASPECTOS HISTÓRICOS

a) Antecedentes históricos

La conquista y colonización del norte de la Nueva España se destacó por ser una empresa particular. La colonia cedió todos los derechos a hombres prominentes para administrar y explotar las riquezas a su arbitrio. Esto determinó que la violencia sobre los grupos originarios se intensificara con el fin de ponerlos a trabajar en las minas. Las ordenes religiosas fueron factor importante en la congregación de pueblos para dichos fines. Aquellos que se opusieron, huyeron a las partes más inaccesibles, pero hay testimonios de que mediante persecuciones y destrucción de sus cultivos se les obligó a trabajar. Dichas circunstancias fueron en principio de la extinción, reubicación, aculturación así como rebelión de los pueblos nativos.

Hacia 1590 y luego en 1601 ocurrieron notables rebeliones en las minas de Topia, premonitoras de gran insurrección encabezada por los tepehuanes en 1616 en la cual varios pueblos irreales de españoles fueron saqueados y los templos católicos profanados. Las crónicas dan a entender que se trataba de un movimiento general donde participaron tarahumaras, coras, acaxees, xiximes e incluso negros que tenían por objetivo expulsar a los europeos. Eran impulsados por un representante divino que se comunicaba con un niño (según Pérez de Rivas con un ídolo) prometiendo la resurrección y vida eterna luego de un diluvio posterior a la victoria.

Tal parece que la falta de coordinación entre los descontentos que participaron la fecha convocada matando varios religiosos, y una derrota decisiva antes de atacar Durango (los españoles tenían de rehenes a los ancianos, mujeres y niños) fueron la causa principal para que fracasaran el intento nativista. No obstante que se recrudeció la represión contra los rebeldes, los levantamientos continuaron a la orden del día. Bandas de tepehuanes incluso huyeron al reino de Nuevo león y a Chihuahua llevando una vida errante con otras tribus robando en los caminos y pueblos. Todavía a mediados del s. XVII se realizaron incursiones contra tepehuanes del Mezquital.

Debe destacarse que durante la pacificación los ejércitos españoles también se componían de indios aliados. Por ejemplo contra la rebelión de 1616 participaron conchos y laguneros. Posteriormente fueron los mismos tepehuanes que unidos al poder hispano a fines s. XVII derrotaron a los coras. Según Sánchez olmedo el pago a esta valiosa ayuda fue la demarcación y entrega de los títulos primordiales a las comunidades de Sta. Ma. Ocotán, San Francisco, Teneraca y Taxicaringa. El mismo autor basado en documentos originales propone que los tepehuanes de los valles de Canatlán fueron derrotados en fechas similares (inicios del s. XVIII) a milpillas Chico y Lajas a causa de su belicosidad. Todas estas reubicaciones sin duda alguna fueron consecuencia de los levantamientos indígenas que obligaron en 1783 a trasladar la capital de la provincia de Durango a Parral por el temor de un posible ataque.

Es importante destacar que la localización actual de los tepehuanes divididos en dos grupos (norte y sur) se circunscriba un largo proceso de reclamos forzados y una paulatina aculturación. Pueblos como el Tunal y Santiago Bayacora (a 7 y 20 kms. De la ciudad de Durango respectivamente) eran considerados a principios de este siglo localidades indígenas. Su constante relación con el medio urbano y campirano mestizo no ha dejado hoy muchos rastros de su pasado.

b) Expediciones españolas al territorio tepehuán

La conquista de los tepehuanos llegó a distintos lugares que estos habitaban que era principalmente en el centro del Estado (Canatlán, Santiago Papasquiaro, Tepehuanes, etc.) a los cuales se enviaron distintos religiosos que eran los fundadores de las distintas misiones.

Las primeras incursiones al municipio de Mezquital ocurrieron en el año de 1560 cuando se fundó la misión de Agua Zarca por Fray Agustín de Espinoza y Fray Juan de Fonte; enseguida el 20 de marzo de 1580, se fundó la misión de Santa María de Huazamota (asentamiento humano huichol), fundada por Fray Andrés de Ayala, Fray Andrés de Medina y Fray Francisco de Tenorio; años después en el año de 1588 se fundó la misión de Mezquital por Fray Pedro de Heredia. Cada misión que se creaba daba origen a la formación de un poblado.

Los tepehuanos en el curso de los acontecimientos advirtieron que la labor evangelizadora precedía siempre a la opresora de los soldados y autoridades, dando margen a que dichos indios sacrificaran a incontables misioneros. Entre estos se mencionan a Fray Bernardo Coussin, Pedro de Heredia, Juan de Tapia y el Lego Lucas; el primero lo mataron a flechazos cerca de Durango; el segundo, murió en la misma ciudad, y los dos últimos fueron muertos a macanazos por los Huachichiles en 1557.

En el año de 1580 Fray Juan Serrato guardián de la Misión de Sombrerete en una gira realizada por la Sierra de Michis llegó hasta el poblado de Atotonilco del partido del Mezquital acompañado de dos indígenas cristianos, con menosprecio derribó y quemó los ídolos de los indios que se encontraban en sus adoratorios, quienes se indignaron y le dieron muerte a flechazos junto con sus compañeros; su cadáver fue sepultado en el templo de San Francisco de Nombre de Dios.

c) Algunas rebeliones

Hacia fines de 1540 las asociaciones secretas de los nahuales tramaron una gran conspiración contra la dominación española. Era encabezada por los caciques de varias tribus, siendo jefe de ella Tenamaxtli, cacique de un pueblo de Jalisco. Para definir y organizar la rebelión se enviaron emisarios a todas las asociaciones secretas del norte y centro del país, convocándolas a la junta que se verificó en Tlaxcaringa del municipio del Mezquital, Dgo., donde se llevó a cabo una gran ceremonia religiosa y los agoreros o adivinos comunicaron la decisión de los dioses de que las naciones allí representadas se lanzaran a la lucha. Se señaló para iniciar la insurrección el día de Navidad de 1540, fecha en que, en efecto, los indios iniciaron las hostilidades, concentrándose en el Mixtón numerosos ejércitos de caxcanes, huachichiles, tepehuanes, zacatecos, huasaves y otros. Estos indígenas derrotaron por completo a don Miguel de Ibarra, Gobernador de Zacatecas, el 10 de abril de 1541 haciendo huir en plena desbandada a los españoles, que dejaron en el campo numerosos muertos.

Varias fueron la sublevaciones realizadas por los indios de la comarca de la región del sur del Mezquital, limítrofe con las tierras de los huachichiles o nayaritas. La principal rebelión tuvo verificativo en 1540, principió ésta con la muerte de Juan del Arco, encomendero de Huaynamota, a quienes los indios mataron y se lo comieron asado.

En 1584, estando al frente de la misión de Huaynamota y Huazamota Fray Andrés de Ayala, Fray Francisco Gil y Fray Francisco Tenorio, los indios de Huazamota se rebelaron, mataron a los dos misioneros primeramente mencionados, escapando Tenorio por haber estado oficiando misa en las minas que se estaban explotando en las cercanías del pueblo. Cometido este crimen, los rebeldes empezaron su obra de destrucción y de muerte, viéndose precisada la Audiencia de Guadalajara, a mandar tropas que los combatieran, habiendo salido a auxiliar a dichas tropas el capitán Juan Salas, que estaba en el Calabazal, Zacatecas. Este capitán logró la captura de la mayor parte de los cabecillas y condujo a más de 1000 prisioneros a Guadalajara donde fueron ahorcados los principales promotores de la rebelión, quedando los demás prisioneros como esclavos.

En el año de 1616 el movimiento de resistencia impulsado por los tepehuanos sigue vigente; dadas las condiciones en que se desarrollaba la conquista y la opresión a la que se sometía a los indígenas de la región, decidieron levantarse en armas contra los conquistadores, desatándose una rebelión de tal magnitud en la que murieron ocho sacerdotes de diversas órdenes, además de numerosos indígenas y españoles. La corona española temerosa de que la lucha se expandiera por más regiones mandó fortificar las líneas de presidios de Zacatecas y San Luis Potosí dando por perdidas las posesiones de la Nueva Vizcaya, pues con la toma de Mezquital, concretada en cuanto dio inicio el conflicto, se cerraban las posibilidades de una comunicación segura hacia el sur, además de dificultar el posible abasto de víveres y refuerzos, con lo que ponía además en grande peligro las posesiones de la Nueva Galicia.

El obispo Lorenzo de Tristán (1770) relataba la situación que reinó en la gran rebelión de 1616, relatando:
"...por tres ocasiones ha padecido la Nueva Vizcaya sublevaciones de los indios tepehuanes. La más terrible y que puso en cuidado a la dominación española fue la del año del 16, en que alevosamente confederados los indios tepehuanes, que se hallaban situados en poblaciones desde la sierra del Mezquital por toda la coordillera hasta el Parral, que sin intermisión corren más de 120 leguas, tuvieron atrevimiento y valor para presentarse armados y en campo de batalla en las inmediaciones y llanuras de esta capital de Durango.

En el sitio que se llama Cacaria, hasta la Sauceda y Canatlán se formaron más de 25 000 indios resueltos ciegamente a sacudir nuestra dominación y como ellos decían a comprar su antigua libertad a costa de sus vidas, estos rebeldes dirigidos y aconsejados de algunos o de muchos hombres mulatos, negros y malvados entablaron su acción con mucha astucia, y con prevención del arte militar: primeramente se apoderaron del pueblo de San Francisco y de su iglesia que es la cabecera de toda la vasta extensión del Mezquital, por tener en sus barrancas y montañas una retirada bien segura en caso de que perdiesen la batalla.

Practicaron horribles crueldades con los españoles y sacrilegios inauditos en el santuario; fue intempestivo y sin noticia alguna su alzamiento y salieron a contenerlos seis misioneros Jesuitas, a cuyo cargo corría la administración de sacramentos; pero no se contuvo su bárbara crueldad porque a los primeros encuentros los hicieron pedazos y dueños del santuario profanaron los vasos sagrados, ornamentos e imágenes.

Tomado este terreno se aseguraron de tener guardadas las espaldas para cualquier retirada que pudiera ofrecer la contingencia de la batalla, al mismo tiempo impedían pudiere entrar socorro a los españoles de la ciudad de Zacatecas o de su provincia, porque son frontera muy continua a todas aquellas barrancas y no lo pensaron mal si les hubiera salido bien, porque fortalecidos 25 000 indios por toda la cañada y asperísimas montañas del Mezquital, ni la Nueva Vizcaya podría tener socorros, ni la de Zacatecas que está inmediata y podría estar segura de sus crueldades.”²

El resultado no fue satisfactorio porque el maltrato hacia los indígenas continuó casi hasta su total exterminio, sin embargo, el ejemplo de la rebelión es una lección clara y permanente de la lucha del hombre por alcanzar su libertad y defender la dignidad humana.

En esta misma obra manifiesta el padre Arlegui que al perder la batalla los indios pidieron paz, por lo que se formaron nuevos pueblos, aunque muy diseminados, el señor obispo dice que al final de la batalla los indios se retiraron al Mezquital.

Se establecieron estas reservaciones aumentando con ello los sufrimientos de los oprimidos. Comunidades enteras eran desorganizadas y sus ejidos se refundían en los latifundios vecinos. Los indios eran tratados duramente, no sólo por las autoridades, sino por los eclesiásticos; se les azotaba para obligarlos a trabajar, o bien porque no concurrían a los oficios religiosos, porque no daban gratuitamente los servicios que exigían los sacerdotes; se les obligaba a trabajar perpetuamente en las minas sin que volvieran a ver la luz del sol, dándoles una alimentación deficiente. En las haciendas eran hostilizados utilizándolos como bestias. Con los repartimientos en cuestión, los hijos, madres y esposas eran apartados de sus padres, esposos, hermanos, sin que volvieran a verlos jamás. Eran vendidos como animales, y en caso de venta de las haciendas, los indios figuraban como semoviente.

Con tales tratamientos era inevitable que los indios, indignados, huyeran a las serranías y provocaran frecuentes insurrecciones; pero si antes, debido a su falta de unificación y solidaridad fueron impotentes para rechazar la dominación, ahora su liberación se hacía imposible por serles aún más desfavorables las circunstancias. Todo esto acabó por ahuyentar, en dos siglos, a los indios, que en gran parte se remontaron a las serranías escabrosas del sur, a donde frecuentemente fueron hostilizados por los españoles e indios sumisos.

El mayor número de individuos de la tribu tepehuana que rechazaron la conquista, se refugió en las serranías del sur del Mezquital. Muchos intentaron refugiarse entre los nayaritas, encontrando oposición de dicha tribu, que facilitó a los españoles y tropas auxiliares para combatirlos. Otros núcleos de menos importancia se remontaron hacia el norte, perdiéndose sus restos entre las tribus de Sonora.

La región sur del Mezquital, hasta entonces, estuvo deshabitada. Los fugitivos empezaron a poblarla construyendo sus chozas de manera provisional por tener esperanza de reorganizarse y volver a conquistar la patria que los invasores les habían arrebatado. Esa inútil espera originó su completo atraso; nada hacían en firme, ni construir casas, ni roturar tierras, ni establecer ninguna industria. Primero la esperanza de que alguna circunstancia imprevista les permitiera recuperar su territorio; después, su conveniencia de vivir ignorados en aquellas lóbregas serranías.

La población indígena que de grado o por fuerza aceptó la dominación, poco a poco fue transformándose con el cruzamiento; el lenguaje tepehuán fue desapareciendo y siendo sustituido por el castellano, como desaparecerían las costumbres sociales y religiosas de las tribus dominadas, al empuje de la civilización hispánica.

Los tepehuanos permanecieron durante los tres siglos de dominación, desconectados casi por completo del resto de la población; el odio hacia los dominadores se transmitió en esta raza de padres a hijos extendiéndose también hacia los mestizos y a todo cuanto con la raza conquistadora se relacionaba, lo que ocasionó sin que se advirtiera, una esclavitud y una barrera que cerró por completo las puertas del progreso. Su estancamiento se debió a que derrotados, abatidos y presas de la amargura por haber perdido su patria y del odio irreconciliable hacia quienes se la arrebataron, buscaron en la comarca que habitan un refugio contra la persecución de los dominadores, un sitio donde conservar a toda costa su libertad salvaje. Era peligroso para ellos toda manifestación de su existencia en aquellos parajes apartados a donde podrían ser perseguidos y aniquilados, era peligroso formar poblados, construir caseríos, labrar tierras, emprender en alguna industria. Además abrigaron por largo tiempo la esperanza de poder un día reconquistar el suelo patrio perdido, y todas esas circunstancias los introdujeron a la inactividad, a la inercia absoluta que acabaron por convertirse en características y aún en instintos raciales.

Una vida paupérrima, inactiva, desesperadamente indolente; vida de añoranzas y tristezas como de odios y rencores; abandono completo de toda actividad e inclinación hacia sus propias artes populares y concentrando todas sus esperanzas en sus dioses; sucios, hambrientos, en constante malicia y en constante desconfianza, no admitieron de manera alguna a ningún extraño, ahuyentando a todos los individuos que osaron internarse en aquellos lugares inspirados por una idea de cultura y de redención para la infortunada raza. Características que los distinguieron por bastante tiempo.

d) Guerra de independencia

Hacia principios del siglo XIX la dominación española se hacía ya insoportable en el país y en diversos lugares se conspiraba contra la monarquía; alguna conspiraciones repercutieron hasta la tribu tepehuana, encontrando en la conciencia de aquella raza un campo propicio. En el año de 1808 pudo comprobarse que numerosos gobernadorcillos, justicias e indios principales de los pueblos tepehuanos que estuvieron inmiscuidos en una gran conspiración con tendencias a la independencia de México. En este año el maestro Bruno Liceaga quien laboraba en la comunidad de Santa María de Ocotán, denunció la conspiración de los pueblos tepehuanos. Habiendo sido invitado a una junta revolucionaria, se dio perfectamente cuenta de las finalidades que se perseguían y de los elementos que estaban implicados, denunciándolos enseguida e informando que éstos estaban en combinación con un centro revolucionario de la capital de la Nueva España que trabajaba por la independencia de México.

La denuncia fue certificada y robustecida por Leandro Delgado, cura del mismo pueblo, aclarándose que la conspiración estaba ramificada por los pueblos del Mezquital, Huazamota, Santa María de Ocotán, San Francisco de Ocotán, Tlaxicaringa, Teneraca, Xoconoxtle, Yonora, San Buenaventura, San Lucas de Xalpa, San Pedro Xícora, Temohaya y otros lugares, presumiéndose que era dirigida por José Domingo de la Cruz Valdez, Gobernador de Mezquital y General de los tepehuanos con sus ayudantes Francisco y Aguilar de los Reyes, Lorenzo Galindo de Temohaya, así como por José Tomás Páez, Gobernador de Huazamota. Jefes que eran muy queridos y respetados por los indígenas.

El gobierno de la Nueva Vizcaya mandó hacer investigaciones y se inició una época de persecución y de cruel hostilidad hacia los indios, situación que se prolongó hasta fines de 1810. En octubre del año referido, y exasperados por aquella situación, pequeños grupos de estos indígenas empezaron a insurreccionarse uniéndose a un fuerte grupo que se levantó en San Andrés del Teúl. Este grupo, con buen contingente que se le unió en Huejuquilla, se internó en la comarca de Huazamota, Mezquital y norte de Jalisco, agitando a los pueblos en favor de la independencia.

A principios de noviembre expedicionó por la misma región el capitán insurgente Sixto José de Córdova, quien reclutó numerosos indígenas, enviando 478 al mariscal Don Rafael de Iriarte. Siguió su labor de reclutamiento con éxito y marchó a incorporarse con numeroso contingente al capitán Don Pedro José Beltrán y Meza. En el pueblo de Xoconoxtle una guerrilla realista aprehendió a un individuo que conducía un oficio dirigido por el capitán Córdova al capitán Beltrán y Meza, donde le manifestaba algunos movimientos insurgentes que realizarían. Esto motivó que el gobierno destacara numerosas guerrillas a la comarca del Mezquital y Huazamota las cuales aprehendieron y fusilaron a numerosos indígenas, en su mayor parte inocentes; quemaron pueblos enteros y arrasaron las pequeñas sementeras. Tal suerte corrieron los pueblos de San Pablo de Guarizamey, Lajas, Milpillas, Teneraca, Xalpa, Santa María y San Francisco de Ocotán y otros. No respetaron los realistas a ancianos, mujeres y niños que eran asesinados sin compasión.

Los indios se remontaron con sus familias a las serranías, huyendo de la persecución que no hizo más que avivar el fuego de la insurrección. Desde aquel año de 1810 la región estuvo constantemente infestada de guerrillas revolucionarias que eran abatidas y dispersas por las compañías realistas. El 17 de mayo de 1813 una partida de indígenas de San Miguel de Temohaya atacó a una fuerza realista comandada por los alférez Cristóbal Rodríguez y Cornelio Blanco a inmediaciones de Taxicaringa, causándoles pérdidas y derrotándolos por completo; pero inexpertos en la guerra y temiendo ser atacados por mayor número, se retiraron en desorden dando oportunidad para que algunos de sus grupos fueran tiroteados por los españoles, quienes cogieron a un indígena prisionero. Este declaró que todo el pueblo de Temohaya estaba convocado para sorprender a la tropa el día 17, día que se había señalado para que se realizara una insurrección de todos los pueblos tepehuanos.

El 19 de mayo fueron fusilados en San Miguel de Temohaya los principales cabecillas de la insurrección: Lorenzo Galindo, Antonio y Pablo del mismo apellido, Francisco Moreno y José Andrés Barraza. La ejecución se llevó a cabo a la vista del pueblo para que sirviera de escarmiento.

Todo esto empeoró la situación de los indígenas, que eran perseguidos y cazados como fieras. Caían víctimas de las balas, atravesados por lanzas o espadas de los españoles, hombres, mujeres, ancianos y niños, sin antecedentes ningunos ni averiguaciones. Remontados los indios en las regiones más escabrosas, frecuentemente caían por sorpresa sobre guerrillas españolas destruyéndolas, siendo memorables las derrotas que estos insurgentes infringieron a los realistas cerca del Cerro de la Campana, en la Boca del Mezquital y cerca del Capulín a fines de 1813 en que la capital de la provincia se vio presa del pánico temiendo un ataque de los revolucionarios.

Lo antes descrito muestra que ni la independencia cambió un poco la vida que antes llevaban, ningún beneficio práctico obtuvieron, ni comunicaciones, que permitieran su incorporación al orden económico, ni escuelas, ni beneficio alguno.³

e) La rebelión cristera (1923-1930)

Durante el Gobierno de Plutarco Elías Calles, se suscitaron algunas protestas por la promulgación de la Ley Calles, que limitaba el ejercicio eclesiástico, el poder y las propiedades de la iglesia. Esta Ley hizo que el Episcopado Mexicano protestara suspendiendo el culto religioso, concluyendo con la expulsión del país de algunos sacerdotes extranjeros y algunos otros enviados a prisión. Como respuesta del clero se desató e intensificó la rebelión cristera en la que el Estado de Durango y sin excepción el municipio de Mezquital, tuvieron lugares protagónicos en esta lucha.

El Gobierno comenzó a perseguir a los católicos que comenzaron a protestar en lo que es el municipio de Mezquital; la gente estaba dolida por los comentarios que circulaban entre los vecinos "se estaba corriendo a los padrecitos a otros países", ocasionando con esto el cierre de templos. Se decían entre sí que quién más que los católicos eran los indicados para defender su religión. Convocados por el Arzobispo en la capilla del Sagrario de la ciudad de Durango y haciendo caso al llamado, la gente entregada a Cristo Rey con una fe intensa, además del dolor de dejar a sus seres queridos, sus ganados, sus jacales y sus pocas tierras; en una sola voz de guerra se dijeron: "Juro por mi vida, ser siempre el primero en defender mi religión, cuando sea y contra quien se atreva a perseguirla".

Se levantaron en armas, el ejército comenzó a perseguir a los que tenían "olor" a cristeros, quemándoles jacales y quitándoles cuantas cosas de valor se encontraban a su paso (ganado, pertenencias, etc.).

La declaración que había dado el clero a los que defendían la religión decía: '' Declaro que esta guerra es justa y santa... todo el que derrame su sangre por causa de Cristo Rey, irá al cielo, recién purificado por un segundo bautizo...Pío XI''.4
A la voz de ''Viva Cristo Rey'' y ''Muera el maldito Gobierno'', gritaban los cristeros por aquí y por allá.

Uno de los principales grupos que defendían en el municipio de Mezquital, era comandado por Florencio Estrada, al que se unió un grupo de tepehuanos comandado por Chano Gurrola, el cual se distinguía por su traje blanco característico de la región.

En una de las tantas batallas que tuvieron, fueron acorralados por los bandos del Gobierno en el “Cerro del Tigre” cerca de Llano Grande, los cuales les gritaban: - “Ahora sí les llegó su santo, cristeros bandidos”, frase que se escuchaba por todas partes. – “Hínquense a chillarle a su Cristo, para que les haga el milagrito de cercar estas trancas”. -Nomás venimos a hacerles un favor: “que vuelen derechito al cielo en cuanto se suelten nuestros gatillos”; a pesar de todo y a diferencia del armamento, el grupo cristero les hizo frente, causando bajas de ambos lados hasta que se disolvió la lucha, quedando herido de una pierna el General Florencio Estrada. Alguno cristeros fueron hechos prisioneros, los amarraban de los troncos y los hacían gritar ''Vivas recios al Supremo Gobierno'' o también ''Mueras a los cristeros''; aún así eran presas de las balas de los gobiernistas. Al día siguiente se juntaba la zopilotera y los lobos a devorar su banquete.

Después de esta lucha les llegaron refuerzos de Mezquital y Huazamota a mando del Mayor Eleuterio y de Onésimo Muñoz, recorriendo los poblados de Candelaria y Cerro de Papas.

Los ataques que se realizaban eran de caballería y aéreos, cerca del Cerro de las Papas los cristeros derribaron un avión del Gobierno que estaba cargado de balas y armamento, el cual explotó al caer a tierra.

El grupo cristero tenía sus guaridas en las barrancas y los lugares inaccesibles, en los que tenían que andarse cuidando tanto de los gobiernistas como de las alimañas (alacranes, víboras, etc.), que también les causaban varias bajas sin respetar niños ni adultos.

Los combates se realizaban en distintas partes del municipio, como en el Refugio, Santa Elena, Candelaria, Canoas, Temohaya, Huazamota, etc; en ellos participaban varios indígenas tepehuanos, huicholes y coras. La participación de los sacerdotes era fundamental en el bando cristero, ya que eran en muchas ocasiones los que surtían provisiones de alimentos y armamento. Aunque la mayor parte del tiempo comían lo que la naturaleza les proporcionaba, así como pinole y esquite*.

Cuando los soldados atrapaban vivo a algún rebelde cristero, muchas de las veces éste era ahorcado en algún lugar público para escarmiento de los demás.
Por el lado Norte del municipio, había otro grupo cristero cuyo líder era Don Damacio Barraza originario de Temohaya hombre destacado por su entrega al catolicismo y su valentía en la defensa de las causas injustas.

Por Santiago Bayacora existía otro grupo cuyo jefe era Don Trinidad de la Mora, quien había fungido como sacristán de la parroquia de aquel lugar, también defensor de la causa cristera. Uno de sus principales seguidores era Manuel García, quien con un comando de varios hombres fue mandado a saquear el Mezquital y sus alrededores; en la hacienda del Refugio fue derrotado y muerto después de una cruel y sangrienta batalla a manos del Mayor Marcelino Mendoza el 19 de noviembre de 1926.

Al General Eliseo Páez del bando gobiernista le fue encomendada la orden de terminar con Trinidad de la Mora, quien al darse cuenta huyó del pueblo y se fue a la búsqueda de Don Damacio Barraza hasta el poblado de Temohaya con la finalidad de unir sus fuerzas, quienes como buenos católicos aceptaron unirse para seguir peleando por la causa. Barraza fue acompañado por su hijo Pedro, Macario e Irineo Valdez cuñados de éste, Francisco Villa, Pedro Valdez, Amador Salas, Guadalupe Campos, Felipe Flores su hombre de confianza, entre otros. Emprendieron el camino con rumbo hacia Mezquital y al llegar invitaron a toda la gente a reunirse en la plaza de armas con la finalidad de agrandar más el grupo. En esta reunión fue nombrado Barraza Jefe principal, Trinidad de la Mora y Federico Vázquez como capitanes; Zacarías Rodríguez, Juan Hernández, Apolinar Flores, Emilio Deras y Macario Valdez como jefes de grupo.

Porfirio Mayorquín alias ''El Pillaco'', fue el que dirigió el primer enfrentamiento de este grupo, combate que se realizó en la Hacienda del Refugio. Cada quien en su grupo tenía sus estrategias de ataque. Cuando se armó la trifulca, el Jefe Macario Valdez realizó una hazaña, se acercó hasta los soldados acribillando al artillero que manejaba una gran ametralladora a la que lazó y arrastró “a cabeza de silla” hasta la Hacienda. Combate en el que hubo muchas bajas tanto de soldados como de cristeros, cesando hasta que huyeron los primeros.

Los cristeros siguieron avanzando con la mira de llegar a la ciudad de Durango; por el camino llegaron a una Hacienda llamada ''El Capulín'' donde durmieron; al día siguiente el ejército les realizó una emboscada cerca de un cercado de piedra en la que fue acribillado el más alto Jefe de la banda: el general Damacio Barraza y unos de sus seguidores.

Como se trataba de uno de los principales jefes cristeros fue llevado hasta la Plaza de Armas de la ciudad de Durango para que sus fanáticos supieran lo que les podía pasar; ahí estuvo hasta que fue recogido y llevado hasta el panteón de Durango, hoy Panteón de Oriente.

Sus compañeros salieron huyendo tratando de salvar sus vidas, pero el ejército no daba ni un paso atrás hasta atrapar a los principales jefes; Trinidad de la Mora fue encontrado en una casa de la ciudad de Durango donde lo acribillaron desde un agujero que hicieron en el techo; éste se encontraba en los brazos de su esposa.

Los rebeldes comenzaron a disolverse quedando sólo el grupo de Florencio Estrada que atacaba por el sur del municipio, al que emboscaron y acribillaron en el Arroyo del Junco, cerca de San Juan Capistrano junto con cuatro hombres de su bando; los cinco fueron trasladados hasta Huajuquilla, Jalisco y expuestos al público en la Plaza de Armas donde se les organizó una verdadera fiesta celebrando la victoria del Supremo Gobierno; había un jolgorio que parecía que a todo mundo daba alegría. Para dar fin a esta celebración se realizó un desfile donde iban los más altos mandos del Gobierno, además de una gran cantidad de federales y curiosos, así como los trofeos de la celebración a los que llevaban en parihuelas. En una de las calles un grupo de muchachas simpatizantes del General Estrada, indignadas por la forma en que eran tratados los cuerpos, les hicieron frente a los que comandaban el desfile pidiendo les fueran entregados los restos de los rebeldes para darles cristiana sepultura; los altos mandos se retiraron del desfile dejando tirados los cuerpos, siendo levantados por las que los reclamaban y llevados al camposanto.

Uno a uno, los principales cabecillas rebeldes fueron hechos prisioneros o ejecutados hasta lograr desintegrar los grupos por completo, dando fin a una de las batallas más sangrientas ocurridas en el municipio de Mezquital en el siglo XX.

f) Ley de división territorial del Estado de Durango

Al concluir la lucha por la independencia surge un decreto el 17 de agosto de 1825, que promulga la Ley de Convocatoria por la que se divide el estado de Durango en 10 partidos, quedando el actual Municipio de Mezquital, incluido en el partido de Nombre de Dios. Extendiéndose a trece como se manifiesta en lo sucesivo.

La antigua Ley de División Territorial del Estado de Durango, dictada por el Congreso Local y promulgada por el señor Gobernador, Lic. Esteban Fernández, en diciembre de 1905, contiene los datos oficiales sobre los linderos con los Estados colindantes, el perímetro completo de los partidos en que entonces se dividía el Estado, siendo el mismo que ahora separa los municipios actuales.
Para el deslinde de los Partidos, esta Ley tomó en cuenta las siguientes consideraciones:
Que dentro de cada Partido quedara comprendido todo el terreno que formara las fincas rústicas de su jurisdicción, por lo que las mojoneras de las haciendas limítrofes deberían ser los linderos oficiales, hasta donde este requisito fuere posible, pues había fincas que por su enorme superficie no podrían abarcarse en toda su extensión. En estos casos el lindero fijado debería ser una línea recta que uniera puntos enteramente precisos y notables, o accidentes topográficos naturales.

La división interior del Partido en Municipalidades, no se juzgó necesaria por la poca importancia que tenía en aquellos tiempos el Municipio como entidad gubernativa, pues la única autoridad efectiva del Partido era el Jefe Político; pero aunque no se marcó el lindero, sí se hicieron constar todos los lugares habitados que correspondían a cada una de las Municipalidades de acuerdo a los datos rentísticos y administrativos.


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²SARABIA, Atanacio G. "Apuntes para la historia de la Nueva Vizcaya". Obras. México:UNAM, 1978-1982. P. 247
³Gámiz Everardo. Ibid, pág 88
4ESTRADA M. Antonio. Rescoldo. Los últimos cristeros. Jus. México, DF. 1961. pág 38
*Maíz cocido y seco